Cuidado, caricias y atención a nuestros mayores
Cuidar de nuestros mayores es un acto de amor, humanidad y responsabilidad social. Pero para brindar un cuidado verdaderamente significativo y efectivo, primero debemos entender que nadie puede cuidar bien a otros si no sabe cuidarse a sí mismo. Esta premisa, que puede parecer simple, es en realidad el pilar fundamental de cualquier labor de asistencia, ya sea en el ámbito familiar o profesional. Ellos nos cuidarosn y ahora tenemos la obligación de cuidad de ellos.
El autocuidado como punto de partida
Cuando una persona asume el papel de cuidador, muchas veces lo hace desde el afecto, el compromiso o incluso el deber. Sin embargo, la entrega incondicional, aunque loable, puede tornarse contraproducente si no se tienen en cuenta los propios límites físicos, mentales y emocionales. El estrés, la fatiga crónica y el agotamiento emocional son enemigos silenciosos del cuidado de calidad. De ahí que el primer acto de responsabilidad del cuidador debe ser con su propio bienestar. Solo así podrá sostener, con firmeza y ternura, el peso emocional de acompañar a alguien que transita por la fragilidad.
Condiciones dignas para un cuidado digno
Esto también aplica a los cuidados institucionales y profesionales. No es realista ni justo esperar que quienes trabajan en el ámbito del cuidado –en residencias, hospitales o atención domiciliaria– lo hagan en condiciones laborales precarias, con salarios bajos, plantillas insuficientes y una carga emocional elevada. El afecto no sustituye a las condiciones dignas, pero cuando ambas van de la mano, el cuidado se transforma en algo profundamente humano.
Ninguna máquina, por avanzada que sea, puede reemplazar la calidez de una mano que acaricia, una voz que reconforta, una mirada que transmite comprensión. El cariño es la medicina invisible más poderosa y ningún avance tecnológico podrá suplir el valor de una relación empática y compasiva.
Cuidar es una responsabilidad colectiva
En nuestra sociedad, tradicionalmente, el cuidado ha recaído sobre las mujeres, muchas veces como una imposición cultural más que como una elección. Este modelo no solo ha sido injusto, sino que ha provocado un desequilibrio que hoy aún cuesta corregir. Aunque se ha avanzado mucho en términos de igualdad, el peso del cuidado sigue recayendo de forma desproporcionada sobre ellas, especialmente en el entorno familiar. Es necesario cuestionar esta lógica y repartir el cuidado como una responsabilidad que corresponde a todos: hombres y mujeres, familias y Estado, individuos y comunidad.
La importancia de las caricias y la atención emocional
El envejecimiento no solo trae consigo una mayor demanda de atención médica o física, sino también un aumento en la necesidad de afecto, contacto y presencia emocional. En una sociedad cada vez más acelerada y digitalizada, nuestros mayores corren el riesgo de quedar relegados al olvido, aislados y desprovistos de las pequeñas atenciones que tanto significan: una caricia, una conversación sin prisa, una visita inesperada.
Cuidar no es solo asistir; es estar, es reconocer al otro como un ser digno de afecto y atención, con un pasado que merece respeto y un presente que reclama compañía.
Cuidar como nos gustaría ser cuidados
Finalmente, el cuidado debe estar inspirado por la empatía. La regla de oro, tan sencilla como profunda, es cuidar a los demás como quisiéramos ser cuidados nosotros. Y eso implica tiempo, dedicación, respeto y amor. Implica también construir un modelo de sociedad donde los cuidados no sean vistos como una carga, sino como un acto natural de solidaridad intergeneracional.
Ramón Palmeral
Alicante